Cuando los humanos empezaron a renunciar al nomadismo y a cultivar las plantas, su población aumentó, cayendo en picado su esperanza de vida. «Desde el inicio del paso a la agricultura [la esperanza de vida] se derrumbó», explica Daniel E. Lieberman, biólogo evolutivo de la Universidad de Harvard. «A partir de ese momento, muy pocos seres humanos llegaban a viejos.»

En realidad, nuestros antepasados no se morían a los 30 años; la ciencia médica nos ha ayudado menos de lo que habitualmente se piensa.

Cuando era niña, los adultos me decían que, cuando fuese mayor, la medicina habría avanzado tanto, que llegaría a vivir 150 años. Y aquello me parecía posible. No para mí en concreto, pero sí como idea. Al fin y al cabo, la medicina moderna ha permitido alargar la vida humana…, ¿no es así?

Thomas Hobbes, célebre filósofo inglés del siglo XVII, calificó la vida anterior a la era moderna de «mala, brutal y corta», algo que aún resuena hoy en día.
«Los cazadores-recolectores morían en torno a los 30 años», me ha dicho hace poco un amigo. Y alguien pregunta en Quora (https://www.quora.com/When-the-average-old-age-death-was-people-in-their-40-s-did-they-look-as-old-as-people-in-their-90-s-or-100-s-look-now): «Si la edad a la que morían entonces se situaba en torno a los 40 años, ¿tenían a esa edad el mismo aspecto de ancianos que tienen hoy los que llegan a los 90 o los 100 años?».

Muchos creen que los humanos del pasado morían todos jóvenes y que, gracias a la medicina, cada vez vivimos más. Tal vez, pronto podamos celebrar nuestro 150 cumpleaños (https://edgy.app/drug-cocktail-and-the-key-to-longer-life) ¡o alcanzar la inmortalidad!

Es una idea fantástica y, sobre todo, una bonita fantasía. Quizá yo llegue a vivir más que mis antepasados, pero no será gracias a los médicos y las pastillas. En el gran proyecto de la longevidad humana, «la contribución de la medicina moderna es algo secundario», explica Jan Vijg, catedrático de Genética de la Facultad de Medicina Albert Einstein, de Nueva York. La medicina, en realidad, ha cambiado las cosas muy poco.

Hace miles de años, todos los humanos eran cazadores-recolectores y su esperanza de vida era realmente bastante baja, de unos 30 años. Pero, en aquellos tiempos — al igual que durante la mayor parte de la historia de la humanidad—, morían muchos niños y recién nacidos, y eso reducía de forma drástica la media de edad a la que morían las personas.
Quienes sobrevivían a la infancia vivían, en general, entre 68 y 78 años, explica Michael Gurven, antropólogo de la Universidad de California, Santa Barbara, que estudia la esperanza de vida de los cazadores-recolectores (https://onlinelibrary.wiley.com/doi/abs/10.1111/j.1728-4457.2007.00171.x). Más de 10.000 años más tarde, esta cifra nos resulta curiosamente familiar.

[Nota del trad. francés: En realidad, es imposible conocer la esperanza de vida de los cazadores-recolectores del Paleolítico y, si nos atenemos a los restos fósiles, en lo que se refiere a los períodos muy antiguos, el escaso número de descubrimientos no es representativo de la mortalidad neonatal[1]. Es decir, no sabemos gran cosa de la mortalidad infantil en las sociedades de caza-recolección del Paleolítico. Sabemos, en cambio, que el entorno infeccioso del Paleolítico era menos hostil que el actual[2]. Las estadísticas de 68 a 78 años de Michael Gurven se refieren únicamente a los cazadores-recolectores contemporáneos. A este respecto, conviene leer el artículo titulado «Los cazadores-recolectores disfrutaban de una vida larga y sana» http://partage-le.com/2016/03/les-chasseurs-cueilleurs-beneficiaient-de-vies-longues-et-saines-rewild/.]

Según la Organización Mundial de la Salud (datos de 2016), el humano medio vive, en la actualidad, unos 71,4 años. En EE.UU., los Centers for Disease Control and Prevention [centros para el control y la prevención de enfermedades] situaban la esperanza de vida, en 2017, en 78,6 años, algo inferior a la de 2016 (78,7 años). La OMS considera que la esperanza de vida en Estados Unidos es ligeramente inferior (78,5 años). Y tanto los datos gubernamentales como las conclusiones de un estudio sobre la salud mundial realizado por la Universidad de Washington ponen de manifiesto que se encuentra en declive (https://www.huffpost.com/entry/overdose-suicide-life-expectancy-drop_n_5bffb53ae4b027f1097aa36d).

Cuando los humanos empezaron a renunciar al nomadismo y a cultivar las plantas, su población aumentó, cayendo en picado su esperanza de vida. «Desde el inicio del paso a la agricultura [la esperanza de vida] se derrumbó», explica Daniel E. Lieberman, biólogo evolutivo de la Universidad de Harvard. «A partir de ese momento, muy pocos seres humanos llegaban a viejos.»

Los agricultores, explica, producen más alimentos y forman poblaciones más grandes, que, a menudo, viven cerca de sus animales domésticos, y eso favorece la propagación de las enfermedades infecciosas (esto sigue ocurriendo hoy en día, ¿o acaso no hemos oído hablar de la gripe aviar o la gripe porcina?). Y mientras los cazadores-recolectores elaboraban regímenes alimentarios variados, estos primeros agricultores empezaron a sufrir malnutrición. Sus esqueletos dan testimonio de patologías como la anemia y el estrés nutricional [líneas de Harris[3]]. Según un estudio de 2007, la media de edad a la que morían era de 20 años, es decir diez años menos que los cazadores-recolectores.(https://www.brown.edu/academics/economics/sites/brown.edu.academics.economics/files/uploads/2007-14_paper.pdf).

Con el tiempo, los humanos se adaptaron a la agricultura y se hicieron más longevos, pero, durante cerca de un milenio, su esperanza de vida se mantuvo muy baja. «Lo peor que se podía ser era un campesino francés del siglo XVI», explica Lieberman. Resulta irónico que las vidas de muchos contemporáneos de Hobbes fuesen probablemente mucho más cortas que las de sus antepasados del Paleolítico.

La esperanza de vida sólo ha aumentado de forma significativa durante los últimos cien años. Y contrariamente a las creencias populares, este cambio está bastante poco relacionado con la medicina moderna.

«Lo más importante no es la medicación, sino la higiene», explica Lieberman. Durante el siglo XIX y principios del XX, los humanos estudiaron el funcionamiento de los gérmenes, empezaron a construir redes de saneamiento, a hervir el agua para el parto y a asegurar su potabilidad. Los Estados mejoraron también la distribución del alimento, logrando que disminuyeran las hambrunas, explica Vijg.

«Es algo que debemos agradecer a los programas de salud pública, más que a la medicina», explica Lieberman, quien señala que, en el momento en el que se extendió el uso de los antibióticos, después de la Segunda Guerra Mundial, los índices de mortalidad disminuyeron enormemente. En 1870, el individuo medio de Europa o Norteamérica vivía algo más de 30 años. La esperanza de vida aumentó mucho a partir de ese momento, hasta alcanzar una edad de entre 58 y 65 años en 1950.

La medicina no ha sido inútil. Después de la higiene, los antibióticos y las vacunas han sido los principales factores de prolongación de la esperanza de vida, en parte porque nos permiten combatir las enfermedades que se generalizaron con el paso a la agricultura. «Nos permitieron remontar la pendiente y volver adonde estábamos antes», explica Lieberman. «El individuo medio que va al médico lo consulta por una enfermedad que no contraíamos en otros tiempos.»

Según Lieberman, los cazadores-recolectores raramente padecían enfermedades cardíacas. Sin embargo, éstas son ahora la primera causa de mortalidad en EE.UU. «En el Paleolítico no teníamos necesidad de cardiólogos», dice.

«¿Por qué se oye hablar a tanta gente de la medicina como de una especie de billete para la inmortalidad?, pregunta Lieberman con ironía. «¿Saben cuáles son las principales causas de mortalidad en EE.UU.?» Después de las enfermedades cardíacas, se encuentra el cáncer. Y después, los errores médicos.
Al menos, eso es lo que ha determinado un estudio del British Journal of Medicine (https://www.bmj.com/content/353/bmj.i2139) de 2016. Pero, en un certificado de defunción, no es posible escribir «error

médico» y, por lo tanto, es difícil saber con precisión cuántas personas mueren por esta causa. Eso no significa que los médicos sean algo negativo o que debamos cerrar los hospitales, pero sí que nuestra percepción de la medicina moderna es, en parte, inexacta.

Los Estados Unidos gastan 3,5 billones de dólares anuales en el campo de la sanidad. Es decir 17,9% de la economía, o 10.739 dólares por persona. El número de personas que trabajan en este sector se ha más que duplicado durante los últimos dieciocho años, y, sin embargo, siempre se señala la escasez de recursos humanos.

Hemos invertido mucho en el mito de que la medicina ha aumentado de forma drástica la duración de la vida humana y seguirá haciéndolo. Tal como señala Lieberman, la propia industria de la asistencia sanitaria alardea de su supuesta importancia y anima a tratar las enfermedades a través de su prevención mediante cambios profundos en nuestro modo de vida. Pero somos perezosos y es más fácil tomar pastillas que practicar una actividad física.

«La medicina hace cosas formidables», dice Lieberman, «todos conocemos a gente que no seguiría viva si no fuera por ella.». Pero lo más frecuente es que los médicos ayuden a las personas que ya están enfermas y no puedan curar las patologías crónicas.

«Podemos mantenerlas vivas durante bastante tiempo», explica Lieberman, «pero los daños ya están hechos. No las curamos; sólo las mantenemos con vida el mayor tiempo posible.»
En vida, pero no con buena salud. Mientras que la esperanza de vida en EE.UU. alcanza los 80 años (menos para los hombres y más para las mujeres), «la esperanza de vida con buena salud», una medida que descuenta los años durante los cuales las personas sufren gravemente, indica que el estadounidense medio sólo vive bien 68,5 años (y 63,1, el ser humano medio).
Por lo que se refiere a la idea de vivir 150 años (o la de la inmortalidad), no estamos más cerca de lograrlo que hace 10.000 años. Los que seáis más optimismas cifrad más bien en 115 años la edad en la que algunos científicos sitúan la esperanza de vida óptima del ser humano. Por encima de esa edad, explica Vijg, «Nos descomponemos. Todo se desmorona.»
Aunque la perspectiva pueda parecer sombría, en cierto modo puede ser también liberadora. Para vivir vidas largas y sanas no necesitamos mejores médicos ni que científicos brillantes inventen píldoras mágicas. Bastaría con más bicicleta y más ensaladas.Ilana Strauss

(https://www.huffpost.com/entry/medication-live-longer-longevity_n_5c1a9231e4b0ce5184b9bcc1)
Traducción del inglés: Nicolas Casaux
Relecturas: Ana Minsky & Lola Bearzatto

1Anne-Marie Tillier, Henri Duday, Les enfants morts en période périnatale ↑
2John L. Brooke, Climate Change and the Course of Global History: a rough journey et voir aussi le livre de James C. Scott, Homo Domesticus ↑
3«Las líneas de Harris (LH) se definen como líneas transversales de gran densidad, visibles en radiografía en los huesos largos. En antropología, se interpretan generalmente como el resultado de una interrupción temporal del crecimiento, debida a condiciones de vida desfavorables (infecciones, enfermedades, deficiencias nutricionales). En este sentido, se utilizan a menudo para debatir el estado sanitario de las poblaciones antiguas.» ↑

Traducido al castellano por Marisa Delgado para CAS

http://www.casmadrid.org/index.php/documentos/1126-nos-permite-la-medicina-moderna-vivir-mas