Aunque el tema sobre cómo prevenir una caída -y sus posibles consecuencias- suele formar parte sobre todo de cualquier guía para envejecer bien, todas las personas estamos expuestas sea cual sea nuestra edad a caernos y provocarnos lesiones más o menos graves. De lo que no hay duda, porque así lo señalan también las estadísticas, es que en las personas mayores el daño      puede ser mucho más grave.

En toda caída pueden influir una multitud de factores, que básicamente pueden ser de carácter intrínsecos y/o extrínsecos.

Entre los factores intrínsecos destacan sobre todo los problemas asociados con la marcha (esto es, el caminar), las enfermedades del corazón, así como las alteraciones del sistema auditivo y de la vista. Los problemas asociados con la marcha pueden deberse a la propia edad y la dificultad que conlleva en la movilidad, así como también a las alteraciones visuales y auditivas.

Los problemas asociados con el caminar pueden estar producidos por la misma edad y la dificultad progresiva que ésta supone en nuestra movilidad; por problemas en los huesos y las articulaciones, como por ejemplo la artrosis; por enfermedades del corazón, como la insuficiencia cardiaca; por enfermedades neurológicas, como el párkinson o la demencia; o incluso por problemas multisensoriales (por ejemplo en la diabetes se puede perder sensibilidad en los pies), y problemas propios de los pies, como los juanetes.

También las alteraciones auditivas pueden suponer un riesgo, por ejemplo un ruido que nos asuste y nos haga perder el equilibrio, etcétera. En el caso de una alteración visual puede suceder, asimismo, que no veamos a tiempo un desperfecto en la banqueta o no calculemos debidamente la distancia necesaria para subir o bajar un escalón, entre otras muchas posibilidades.

Por su parte, entre los factores extrínsecos hay que destacar muy fundamentalmente tanto la medicación que podamos estar tomando en ese momento como las condiciones climatológicas.

Respecto a los fármacos, la toma de medicamentos diversos pueden provocar interacciones entre ellas que afecten, o debiliten, de algún modo nuestro estado de salud general: es decir, que en un momento dado pueda provocarnos una cierta inestabilidad o desequilibrio. Asimismo, algunos medicamentos tienen reacciones adversas que pueden aumentar el riesgo de caídas: por ejemplo, los medicamentos indicados para bajar la tensión pueden provocar en un momento dado una cierta hipotensión que nos haga perder el equilibrio.

También las condiciones climatológicas suelen ser un factor importante en el origen de la caídas en personas mayores. Un viento excesivo, la lluvia con su correspondiente piso húmedo pueden ser motivo de caídas severas.

Cómo prevenir una caída 

Uno de los factores más determinantes para prevenir el riesgo de sufrir una caída es una buena alimentación: la importancia de una alimentación saludable -que ya hemos comentado en artículos anteriores- puede evitarnos riesgos asociados a una tensión arterial desequilibrada, un nivel inadecuado de azúcar en sangre, una deshidratación, etcétera. Por otra parte, una buena alimentación es indispensable para mantener tanto los huesos como los músculos en condiciones óptimas.

Una vez más, el ejercicio físico es de gran importancia , puesto que mantener una buena condición física, dentro de nuestras capacidades, puede evitar que suframos caídas de consideración.

Otras recomendaciones básicas son: respetar tanto los horarios de los medicamentos como el modo en que debamos administrárnoslos. Una recomendación fundamental es no automedicarse, porque ello podría interactuar con cualquier otro fármaco que estemos tomando y desequilibrar nuestro estado general.

Además, resulta necesario revisar de manera regular tanto la vista como el oído, asegurarnos que estamos en buenas condiciones a este respecto y, algo muy básico: ajustar, adaptar, nuestro modo de vida a nuestras capacidades reales.

Calzarse adecuadamente es, por evidente que parezca, de suma importancia. Un calzado adecuado es aquel que se adapta bien al pie, tanto a sus peculiaridades como a cualquier otra condición asociada mismo, como por ejemplo si tenemos juanetes o una morfología específica. No sólo debe protegernos bien el pie sino también sujetarlo, de modo que nos permita y facilite que nuestra marcha sea cómoda y segura.

Por su parte, un calzado inadecuado es aquel que no se ajusta bien al pie o que no se corresponda con las condiciones térmicas del momento. Por ejemplo, un zapato veraniego si hace frío puede provocarnos una menor sensibilidad en el pie y provocar una dificultad en la marcha. Tampoco es recomendable aquel que no nos proteja bien el pie o no se adapte a las condiciones del piso, como por ejemplo el uso de sandalias en un piso poco firme o irregular.

Asimismo, es importante evitar los zapatos que favorecen las lesiones, como los que tienen tacones muy altos o una horma muy estrecha, etcétera. Estos zapatos no cumplirían con la función que se espera de un zapato seguro y adecuado para prevenir caídas.

El calzado ideal sería aquel que se adapta a la forma y el movimiento del pie. De modo que el zapato más recomendable debe cumplir con las siguientes características: que amortigüe, es decir, que distribuya la presión en todo el pie por igual y, por tanto, mantenga una anchura más o menos similar desde el tacón hasta la punta; que el tacón mida entre 2 y 4 centímetros; que la suela sea flexible y que no sea muy pesado al tiempo que mantiene un confort térmico; y, por supuesto, que sea de la talla adecuada.

Y como una última pero no menos importante recomendación, no hay que perder de vista que -en caso de requerirlo- existen una multitud de dispositivos que pueden sernos de gran ayuda para caminar de manera estable y segura, de modo que nos eviten caídas de graves consecuencias.

La próxima semana comentaré un nuevo tema de vital importancia para envejecer bien:  relaciones sociales y familiares.